Fecha de presentación: diciembre,
2024 Fecha de aceptación: febrero, 2025 Fecha de publicación: abril, 2025
La reproducción ampliada
de la vida: una mirada
desde la economía feminista, social y solidaria en
Latinoamérica
The expanded
reproduction of life: a perspective from the feminist, social and solidarity
economy in Latin America
|
MSc. Olinda Celia Sánchez
Gordillo[1] ORCID: https://orcid.org/0000-00002-5045-089X |
|
Cita
sugerida (APA, séptima edición)
Sánchez, O.C. (2025). La reproducción ampliada de la vida: una mirada desde
la economía feminista, social
y solidaria en Latinoamérica. Revista
Mapa, 2(39), 25
– 45.
http://revistamapa.org/index,php/es
RESUMEN
El artículo aborda el
tema del trabajo doméstico y de cuidados en Latinoamérica, desde el enfoque de
la economía feminista (EF) y de la economía social y solidaria (ESS), a partir
de la segunda mitad del siglo XX. Este trabajo de cuidados, esencial para la
reproducción de la vida, recae principalmente en las familias y las mujeres
miembros de estas. Se argumentará que la crisis de los cuidados parte del
divorcio que existe entre los agentes: familia y Estado, tomando en
consideración que esta labor debe ser compartida, ya que contribuye con la
formación ciudadana y el desarrollo de la fuerza laboral de nuestros países y
destacando aspectos que tienden a ser invisibilizados en el debate sobre esta
problemática. Para las mujeres, trabajo y vida significan lo mismo, es decir,
la vida humana es el fin y el trabajo es el medio para su creación. La
sostenibilidad de la reproducción ampliada de la vida debe ocupar el lugar
central entre la necesidad y el trabajo de cuidados.
Palabra clave: economía,
familia, género, Latinoamérica, reproducción humana
ABSTRACT
The
article addresses the issue of domestic and care work in Latin America from the
perspective of feminist economics (FE) and the Social and Solidarity Economy
(SSE), with a particular focus on developments from the second half of the 20th
century onwards. The provision of care work, which is vital for the
reproduction of life, is primarily the responsibility of families and their
female members. This paper will present the argument that the care crisis is
the result of a fundamental disconnect between the agents involved: the family
and the state. It will be shown that this work should be shared, given that it
contributes to the formation of citizenship and the development of the labour force in our countries. Furthermore, it will
highlight aspects that are often overlooked in the debate on this issue. For
women, work and life are inextricably linked. Human life is the end, and work
is the means for its creation. The sustainability of the extended reproduction
of life must be a central concern, situated between necessity and care work.
Keywords: economics,
family, gender, Latin America, human reproduction
INTRODUCCIÓN
Uno
de los grandes aportes de la Economía Feminista (EF) es el estudio sobre el
trabajo doméstico y de cuidados, el cual ha sido asimétricamente adjudicado a
las mujeres, quienes han asumido el papel social de la reproducción de la
fuerza laboral dentro de la sociedad. Esta labor puede verse disminuida a
través de políticas públicas que mejoren el acceso a bienes y servicios
básicos, como la educación y las redes de cuidado para niños, enfermos,
ancianos y personas con discapacidad.
Todas las personas, estén o no en condición de dependencia, requieren cuidados para
satisfacer sus necesidades a lo largo de su ciclo de vida. Sin embargo, a nivel social,
el trabajo de dichos cuidados
se encuentra desigualmente distribuido, recayendo mayoritariamente en los hogares
y, dentro de estos, en las mujeres.
Esto condiciona su capacidad de influencia, de decisión y de percibir ingresos
(Oxfam, 2017)
En un contexto de crisis recurrentes, como el que vive
Latinoamérica, la salida común, ha sido la reducción del gasto público, lo que
trae consigo la desaparición de programas sociales de cuidado, recayendo principalmente
en las familias el costo de la reproducción
social[2] y generando efectos
negativos en el ingreso de los hogares.
En tanto que “La optimización de la reproducción
ampliada de la vida de todos, supone niveles de diálogo y cooperación, de reconocimiento de las necesidades y de diseño
de estrategias para su gestión
colectiva” (Coraggio 2011, 104).
Siendo necesario asegurarle al individuo los medios materiales y físicos para su existencia,
tal como lo plantea Alicia Girón
La reproducción social es la reproducción de la vida
mediante el cuidado ejercido por la familia y el Estado. Es en el núcleo
familiar donde se crea y se reproduce al ser biológicamente, pero al mismo
tiempo se cuida de ese ser hasta que
es autónomo para pasar a ocupar un lugar en el mercado
laboral. A ello se suma la responsabilidad del Estado, garante de la reproducción de la fuerza de
trabajo en un espacio de relaciones de intercambio monetario donde el empleo
debe ser garantizado para el bienestar de la sociedad
(Girón 2021, 45)
Bajo
este planteamiento, la responsabilidad de la reproducción social es una tarea
compartida y el costo debe ser asumido por ambos
actores. Los ingresos familiares como consecuencia del menor gasto social por
parte de los Estados, obliga a las mujeres a una mayor participación en el
mercado laboral. Esta situación nos lleva a cuestionar ¿Cómo se ha debatido la
reproducción ampliada de la vida de las mujeres en Latinoamérica en el contexto
de la crisis de los cuidados a partir de la segunda mitad del siglo XX?, a
través de una transición entre teorías y conceptos relevantes al tema de
estudio. La visibilización del trabajo de cuidado,
permite reconocer el rol que cumple en la sociedad y el impacto en la vida
económica y social de las mujeres.
El texto
consta de cuatro
partes: en la primera se hace alusión
al compromiso bipartito entre familia y Estado para
asegurar una genuina reproducción de la vida de las mujeres en Latinoamérica.
Luego, se presentan y evalúan las teorías, conceptos y autores
que sustentan el trabajo,
desde la perspectiva de la EF y de la Economía
Social y Solidaria
(ESS). Después, se desarrollan cada uno de los ejes que guían el debate
latinoamericano sobre la reproducción
ampliada de la vida de las mujeres en el contexto de la crisis de los cuidados,
considerando como tópicos: el cuidado y las políticas de cuidado, el
empoderamiento económico de las mujeres y el enfoque interseccional
(género, clase, etnia). Finalmente, se exponen las conclusiones del trabajo.
Transiciones entre teorías y conceptos
El presente
trabajo analiza la reproducción ampliada
de la vida de las mujeres en Latinoamérica desde los aportes
teóricos de la EF y de la ESS.
La EF es una corriente
de pensamiento que incluye el género en la explicación del funcionamiento de la economía
y en la relación entre hombres y mujeres como
agentes y sujetos de la misma,
teniendo como eje analítico la sostenibilidad de la vida.
“El objetivo del funcionamiento económico desde esta
mirada no es la reproducción del capital, sino la reproducción de la vida. La preocupación no está en la perfecta asignación, sino en la mejor provisión para lograr sostenerla y
reproducirla” (Rodríguez 2015, 3). Concebida
como un esquema académico – político, en diálogo con otras perspectivas
ideológicas e intelectuales centrales al tema de la producción/reproducción y
el trabajo doméstico, por medio de la conceptualización de la división sexual
del trabajo, la organización social del cuidado y la economía del cuidado.
En la construcción de una lectura
feminista de la ESS, se han dado vínculos con otros
movimientos sociales en pro del avance de la agenda del cuidado. (Rodríguez
2015) manifiesta que en la región se ha hecho un fuerte hincapié en el cuidado,
como elemento central de una economía alternativa y feminista pero también como un componente clave del bienestar
social. A lo que (Esquivel 2016)
acota que el punto de partida, ha sido el reconocimiento de las diferencias de
género, a través del estudio de la
participación económica de las mujeres, en particular revelando los mecanismos
de discriminación en el mercado laboral y aportando al debate sobre la feminización de la pobreza,
desde el punto de
vista conceptual y empírico.
Así,
la EF se complementa y retroalimenta a partir de los aportes de otras teorías
como la ESS.
La ESS
está basada en valores humanos y principios de solidaridad, que propugnan el
reconocimiento de la otra persona como fundamento de la acción humana y eje de
la renovación de la política, la economía y la sociedad
(…) incluye al conjunto de actividades y organizaciones de carácter comunitario,
asociativo, cooperativo, mutualista y demás
formas colectivas creadas para responder a las necesidades de empleo y de bienestar
de los pueblos, así como a movimientos ciudadanos orientados a
democratizar y transformar la economía (Coraggio
2008, 3).
Ambas teorías
aportan a la discusión intelectual sobre los aspectos
claves en la crisis
de reproducción, en específico, de las mujeres
al experimentar desigualdades tanto materiales
como simbólicas. El patriarcado y la acepción de lo reproductivo como
responsabilidad femenina, son factores
hegemónicos de lo que se ha venido
entendiendo como economía.
“Se habla de crisis
de reproducción, referida a la exclusión sistemática de amplios sectores
de la población del acceso a los recursos
indispensables para satisfacer sus necesidades de reproducción, biológicas y sociales” (Quiroga
Díaz 2017, 180). Sin detenerse
a pensar que la
misma, nace del propio sistema económico, aunque se la asuma como externa.
Para
el contexto latinoamericano, se ve manifiesta en situaciones de pobreza,
discriminación, violencia, inseguridad, desempleo y precariedad laboral, que
impide a las mujeres el desarrollo de su vida y el ejercicio de sus derechos
en plenitud, convirtiéndose en una característica estructural de las políticas neoliberales
aplicadas por los gobiernos de la región y del intento
irresponsable de avanzar
hacia una globalización orientada por la utopía
del libre mercado. Como señalan (Hinkelamert y Jiménez 2005) o se continúa con el actual
ritmo y formas de acumulación del capital o se elige la vida planetaria y humana como valor
principal y sentido de la economía. La crisis de reproducción expande la
discusión encaminándola hacia la legitimidad de la economía como instrumento
conceptual y la urgencia de una aproximación crítica
que relocalice a la vida humana
el núcleo de cualquier
propuesta.
“El
concepto de reproducción ampliada de la vida de todos, orienta la investigación
como proyecto político antes que como característica de la actual economía
popular urbana en la que, coexisten formas de solidaridad con formas de
violencia y canibalismo social” (Coraggio 2011, 105).
Y es justamente esta amalgama entre solidaridad, violencia y canibalismo
social, el escenario predominante donde se desarrollan y relacionan tres
conceptos básicos: división sexual del trabajo, organización social del cuidado
y economía del cuidado.
La
división sexual del trabajo es entendida como la asignación de tareas y
responsabilidades diferentes en función de roles y estereotipos de género, lo que ha implicado
que las mujeres mayoritariamente, desarrollen dobles o triples jornadas
(Universidad Nacional de Costa Rica 2021). Aun cuando hombres y mujeres se
insertan en el sector terciario de la economía, las mujeres lo hacen en mayor
proporción, especialmente en actividades de cuidado y trabajo doméstico,
mientras los hombres lo hacen en actividades como transporte, comunicaciones y servicios financieros. En resumen, las
mujeres son más proclives a realizar trabajos por los que no reciben
remuneración alguna y no pueden insertarse en el mercado laboral de forma
adecuada por el poco tiempo disponible con que cuentan, obligándolas a aceptar
trabajos de baja calidad e informales.
En
este punto analizaremos los conceptos de economía del cuidado y organización
social del cuidado, pero antes es necesario profundizar en la definición de la
categoría cuidado, a fin de conocer su origen y evolución en relación con el desempeño de la vida de las
mujeres en América Latina.
En la década de 1980, en el
contexto de neo liberalización de los Estados del Norte global, desde la vertiente anglosajona, se introduce la noción de cuidados, que pone el énfasis en los
aspectos relacionales y emocionales del trabajo doméstico no remunerado que
realizan las mujeres. Luego, las sociólogas escandinavas introducen la cuestión
del cuidado como un elemento clave en los estudios
del estado de bienestar. De este modo, las analistas
británicas proponen la categoría de cuidado social “con el fin de
reclamar que el estado de bienestar y las sociedades europeas contemplen la
organización social del cuidado, además de las políticas sociales ya
existentes” (Carrasco, y otros 2011, 36).
El
cuidado y la reproducción social son requisitos fundamentales para el bienestar
humano y para la supervivencia de las sociedades. Un aporte puntual se
concentró en la ciudadanía, profundizando en los derechos
relacionados con el derecho a recibir cuidado, el
derecho a cuidar y el derecho a no cuidar (Pautassi
2021). El mismo, se estudia bajo tres dimensiones: uno, analizando el cuidado
como trabajo, considerando la naturaleza de la actividad, las personas
involucradas, las condiciones en que se lleva a cano y la función del Estado en
la determinación del cuidado remunerado y no remunerado; dos, enfocándose desde
la ética del cuidado, en las obligaciones y responsabilidades
sociales y familiares que rodean el
hábitat del cuidado y el papel del Estado en la formación de las
representaciones sociales sobre este; y tres, examinando los costos económicos
y emocionales del cuidado y cómo se comparten entre individuos, familias y
sociedad, a nivel público y privado.
Por tanto,
definimos al cuidado
como “las actividades y relaciones involucradas en la satisfacción de las necesidades físicas y emocionales de niños, niñas y personas
en situación de dependencia,
y los marcos normativos, económicos y sociales
que rigen su asignación y ejecución” (Sanchis y Bergel Varela 2023). Son
aquellas actividades que garantizan el mantenimiento de la vida, la salud y el
medio ambiente de una sociedad, realizándose de forma no remunerada en los hogares,
pero también a cambio de una remuneración en el sector público y privado. A las cuales
conceptualizamos como economía del cuidado.
Dicho concepto
se desarrolla en los años 70 y se ha transformado gracias
a los aportes de la Sociología, la Economía y la Historia, transitando del concepto de trabajo doméstico a trabajo de cuidado
desde el cual se han establecido las dimensiones simbólicas, emocionales y morales que contiene. Incluyendo
tanto el trabajo
de producción, distribución y consumo, es decir, el cuidado indirecto
de las familias a través de las labores
domésticas sino también a partir del cuidado directo de
las personas ya sean infantes, adultos o en situación de discapacidad.
Desde
esta perspectiva, se relaciona los cuidados con los aspectos económicos que
contribuyen en la generación de valor económico, a través del análisis de
ocupaciones generalmente feminizadas, de baja remuneración e informales, en los sectores
de la salud, la educación y
el trabajo doméstico, principalmente. Una economía para la vida, debe pugnar
por criterios de validación externos
al mercado, en que el tanto el valor de las cosas como del trabajo está mal representado ya sea
por su valor monetario o por la competitividad del producto en dicho contexto.
Una
línea investigativa desarrollada en relación a los efectos de la globalización
en la inmigración y el cuidado, ha abordado el tema de la organización social
del cuidado. Se define de acuerdo con (Esquivel, 2015) como aquella que permite
ubicar al cuidado como dimensión central del bienestar y cuestionar la función
del Estado en el acceso al cuidado. En este sentido,
(Faur 2009, 266) la señala
como “la configuración que se desarrolla mediante las instituciones que regulan y proveen servicios de
cuidado infantil y el modo en que los hogares
de distintos niveles
socioeconómicos y sus miembros, se benefician del mismo”. En resumen, la podemos definir
como la forma en la que tanto las familias, el mercado, el Estado
y la comunidad producen y distribuyen
los cuidados entre hombres y mujeres, con el fin de contribuir al bienestar
común. Ese que tanto buscamos y que tan esquivo nos ha sido.
Ejes del debate
Los ejes que guían el debate
de la reproducción ampliada de la vida de las mujeres en Latinoamérica en el contexto
de la crisis de los cuidados a partir de la segunda
mitad del siglo XX son argumentados a continuación,
con más detenimiento.
Para poder entender la relación entre desigualdad de género y trabajo no remunerado,
empezaremos por definir este último concepto como aquel que “Está
fuera de la producción
económica, pero se encuentra dentro de la frontera de la producción general que
abarca la producción del Sistema de Cuentas Nacionales. Comprende el trabajo
doméstico no remunerado y de cuidado familiares realizado en y para el propio hogar,
como para otros hogares,
las actividades comunitarias no remuneradas, y el trabajo voluntario no
remunerado” (INEC 2012). Según este criterio, la actividad de cuidados está
infravalorada en términos económicos y además desconocida por los gobiernos a
nivel productivo. No suele considerarse como un trabajo,
ni contabilizarse como una inversión sino como un gasto.
A pesar de ser uno de los pilares fundamentales de la sociedad, ya que asegura
el mantenimiento y cuidado de los miembros de la familia.
La
carga adicional que significan las labores de cuidado para las mujeres muchas
veces se ve representada en impedimentos y barreras para su vida laboral,
participación política y disfrute del tiempo libre. Factores como la
tecnología, el cambio climático, la innovación productiva o la globalización
han revolucionado el mundo laboral y planteado desafíos importantes para el
desarrollo económico de mujeres y niñas
en el mundo, quienes trabajan muy duro en el cuidado a los demás, sin que dicha
labor sea remunerada o considerada como un trabajo real en términos económicos.
“El trabajo de cuidados es el motor oculto que mantiene en funcionamiento
nuestras economías, empresas y sociedades”
(OXFAM International 2023).
Asimismo, algunos
datos interesantes del mismo
OXFAM revelan que:
Más
de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo es
realizado por mujeres y niñas.
En
países de renta baja, las mujeres rurales dedican hasta 14 horas diarias al
trabajo no remunerado.
El
42% de las mujeres en el mundo, no tiene acceso a un empleo remunerado, en
comparación a los hombres que representan solo el 6%.
El
80% de los 67 millones de personas trabajadoras del hogar que hay en todo el
mundo son mujeres. El 90% no cuenta con seguridad social ni límite de horas.
Las
políticas de cuidado son aquellas gestiones públicas, concernientes a la
organización socioeconómica del trabajo y destinadas a asegurar el bienestar
integral de las personas, considerando aspectos asociados con los servicios, el
tiempo y los recursos para cuidar y ser cuidado. Asumiendo estándares de
calidad y un financiamiento adecuado, conforme las necesidades y requerimientos
de la sociedad.
En
Latinoamérica, el cuidado se desarrolla en ambientes de gran desigualdad. Gran
parte de los países de la región
se encuentra en proceso de diseño y construcción de sistemas de cuidado, en el marco de
profundas deudas sociales con la ciudadanía y en particular con las mujeres
(Serafini Geoghegan 2023).
“Las
mujeres dedican entre 22 y 43 horas semanales al trabajo doméstico y de
cuidados no remunerado, más del doble que el tiempo que dedican los hombres,
entre 10 y 20 horas semanales” (CEPAL 2024). Alimenta
un círculo vicioso
de pobreza de tiempo y de
ingresos. Los hogares con recursos pueden acceder a servicios de cuidado en el
mercado, mientras que los hogares con menos ingresos recurren al trabajo no
remunerado de las mujeres. Los desafíos más importantes que enfrentan son, en primer
lugar, la necesidad de lograr un balance
entre las responsabilidades familiares y el rol proveedor; en segundo lugar; la necesidad de contar con
servicios de cuidado asequibles (OIT y Gallup 2017).
Por
su parte, Ecuador es el tercer país más desigual de América Latina y el Caribe,
evidenciando problemas como: la desigualdad de género, la pobreza y la
informalidad, íntimamente relacionados con ámbitos como la fecundidad, la conciliación (trabajo
– familia) y escolaridad.
Empoderar
a las mujeres es reconocer en ellas y en
sus contribuciones a la sociedad un grado de independencia y tenacidad
especial, sin desmerecer los aportes masculinos, es decir, en igualdad de condiciones. “El empoderamiento de las mujeres
implica que participen plenamente en todos los
sectores y a todos los niveles de la actividad económica para construir
economías fuertes, establecer sociedades más estables y justas, alcanzar los
objetivos de desarrollo, sostenibilidad y derechos humanos y mejorar la calidad
de vida de las familias” (Gobierno de México 2024). Los problemas generados por
la desigualdad de género podrían resolverse a través de una mayor inversión en
las mujeres y su empoderamiento económico, siendo meritorio
que se creen oportunidades de empleo digno que les garanticen ingresos para
mejorar sus condiciones de vida tanto a ellas como a sus familias y
eventualmente, salir de la pobreza. Ellas participan significativamente
del crecimiento económico de los países sin visibilización
alguna y sin reconocimiento a su labor; ya sea como empresarias, obreras,
madres, educadoras, emprendedoras o como cuidadoras domésticas no remuneradas.
A
causa de la discriminación, la pobreza y la explotación que viven las mujeres
en Latinoamérica, son forzadas
a desempeñar trabajos
precarios y mal pagados, además
de constituir una pequeña
minoría en cargos de representación directiva. “La discriminación reduce el acceso a bienes económicos como la tierra
y los préstamos y limita
su participación en el diseño
de políticas sociales y económicas” (ONU Mujeres 2024). Entre los grupos
vulnerables y segregados se encuentran las trabajadoras domésticas, migrantes,
mujeres rurales y mujeres con habilidades poco desarrolladas.
Y
es que, para lograr la reproducción ampliada de la vida, esa que permite
mejorar los medios de vida de las familias
y la comunidad, es necesario
apoyar a las mujeres para que
alcancen su empoderamiento económico, el cual tiene repercusiones
directas para los países en
términos de crecimiento. “Los países con mayores niveles de igualdad de género
suelen tener niveles de ingreso superiores a la media.
Así pues, incrementar la igualdad
económica de las mujeres
es fundamental para la realización de sus derechos, la reducción de la pobreza y el cumplimiento de objetivos de
desarrollo más amplios” (OXFAM International 2017). Esta situación se corrobora
con las estadísticas de organismos internacionales.
Según
datos de (ONU Mujeres y PNUD 2023) a
nivel mundial; el poder, la
libertad, la educación, el desarrollo de capacidades y los conocimientos de las
mujeres para tomar decisiones y aprovechar las oportunidades, se encuentran restringidos. Las mujeres gozan
de empoderamiento para desplegar sólo el 60% de todo su potencial, lo
que implica un déficit del 40%. Este indicador oscila
entre el 43% en los países de desarrollo humano bajo y el 73% en los países de desarrollo humano muy
alto.
Para
el 2022, el índice de empoderamiento de las mujeres (IEM)[3]
para la región era del 63,3%; mientras
que para Ecuador
era del 63%, es decir, ubicándose en el grupo
de países con promedio medio
bajo, por debajo de Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica y República Dominicana y por arriba
de Perú, Uruguay
y Colombia, respectivamente. Un dato importante de destacar es que ninguno de los países de América
Latina y el Caribe registra un índice de empoderamiento femenino alto o medio
alto. Quienes lideran son los europeos y de los asiáticos aparece Singapur con
un índice del 76%, ubicándose en el grupo de países con promedio medio alto.
Para (Viveros
2015) la interseccionalidad es una perspectiva donde ya no se habla de
la mujer, sino de las mujeres y sus diferencias, tratando de pensar
en género, raza y etnicidad no como un atributo
sino como una forma de ordenamiento de las prácticas
sociales para dar significado a lo que la gente hace. Mientras
que el (BID 2022) la describe como la interacción entre dos o más factores sociales
que definen a una persona.
Cuestiones de la identidad como el
género, la etnia, la raza, la ubicación geográfica, o incluso
la edad no afectan a una persona de forma separada. Al contrario:
estos se combinan de distintas formas, generando desigualdades (o ventajas)
diversas. Ambas definiciones concuerdan en lo necesario de incorporar al
análisis de las relaciones en las que se desenvuelve la vida de las mujeres
aspectos como el género, la etnia y la raza, relevantes para su inclusión en
los espacios sociales, públicos y privados de nuestras sociedades.
En
América Latina, las mujeres constituyen el 70% de las personas ocupadas en el
sector de enseñanza, el 73,5% en el sector salud
y el 92,8% en el empleo doméstico. Además, se distinguen casos de segregación vertical[4], al
estar por lo general ausentes en los cargos directivos. Una mirada interseccional revela que las mujeres afrodescendientes e
indígenas son las que tienen los salarios más bajos en los tres sectores de la
economía del cuidado (CEPAL 2022). En el caso de la tasa de desocupación de las
mujeres afrodescendientes resalta la situación de Brasil y Ecuador, registrando
porcentajes del 5,9% y del 6%, siendo mayor al de las mujeres no
afrodescendientes ni indígenas.
Otra
brecha existente en desmedro de estas dos etnias se relaciona con la falta de
pertinencia cultural de los
contenidos y metodologías educativas,
el déficit formativo de los docentes
y la dotación de insumos e infraestructura para sus actividades. Sumado a las
carencias en cuanto a conectividad y equipamiento digital de los centros
educativos en los que desarrollan su aprendizaje. Situación que repercute
directamente en su vida laboral, la cual empieza antes que las de otras etnias.
“En
el caso de las mujeres indígenas el primer trabajo se registra a los 16 años,
en tanto para las no indígenas se produce a los 18 años. En el caso del trabajo
informal, la edad de
inserción laboral de las mujeres
indígenas es de 17 años; mientras que para el trabajo formal es de 22 años (IPS 2015). También, se encuentran entre los grupos
más pobres en términos monetarios de nuestra región.
Por ejemplo, en Bolivia, se les paga 60% menos, que
a las mujeres no indígenas por el mismo tipo de trabajo
y en
Ecuador, los hogares
indígenas con jefatura femenina tienen 5,81% más de probabilidades de
ser pobres (BID 2022). Los datos indican que las mujeres indígenas en ámbitos
rurales tienen aún más altos niveles de analfabetismo que las no rurales.
Además, como lo señala (Deere y León 2005) también tienen problemas en el
acceso y distribución de tierras.
La
interseccionalidad pone en debate la importancia de razonar sobre los distintos
factores que crean barreras de acceso a las mujeres, con el objetivo de
entenderlos y considerarlos dentro de las agendas públicas de planificación, de
manera que las soluciones no se diseñen inadvertidamente, de modo tal que solo
beneficien a unos cuantos y no a la gran mayoría.
En
respuesta a la pregunta
de investigación planteada al inicio de este ensayo, desde el enfoque
del cuidado, se puede afirmar que la reproducción ampliada de la vida de las
mujeres en Latinoamérica se ha debatido
desde dos frentes: primero, porque
contribuye a la igualdad de
género, y segundo, por ser puntal de su desarrollo y bienestar socioeconómico. El trabajo no remunerado, desde la economía feminista se admite como de corresponsabilidad
social y colectiva, no exclusiva de las mujeres.
Asegurándoles
una vida digna en todas las dimensiones de su existencia y colocándolas en el
centro del sistema económico, como sujeto y fin no solo del proceso
reproductivo como se las ha venido identificando, sino como creadoras de vida y
como gestoras de fuerza laboral que, si no fuera por la labor de cuidados que
estas ejercen, no podrían incorporarse al mercado laboral y ser parte del
sector productivo de una nación. Aunque han existido avances en las
legislaciones sobre derechos sexuales y reproductivos, en las normativas
laborales, de género, entre otras, siguen siendo insuficientes en reconocer el
trabajo no remunerado de las mujeres por su aporte económico y social, así como
en la implementación de políticas concernientes al cuidado.
Frente a los avances de la economía feminista
y de la economía social y solidaria, se deben fortalecer los lazos entre mercado, familia,
Estado y comunidad, en el que todos desde
sus espacios,
contribuyan a romper los yugos que tanto el capitalismo como el patriarcado han
impuesto sobre las mujeres, relegándolas a vivir continuos episodios de
desigualdad laboral, social, cultural y principalmente económica. Es hora de la
reivindicación, de la visibilización por parte de los
Estados y de la decisión política de los gobernantes de turno en transformar su
realidad, donde esta segunda mitad del siglo XX y sus hechos nos hagan
reflexionar sobre lo verdaderamente importante, no desde la lucha de género
sino desde la igualdad, esa que tanto anhelamos y de la que tanto adolecemos.
Además, se requieren cambios
estructurales que incluyan
la categoría cuidado
en los sistemas de protección
social de la región y la transversalización del mismo en todos los procesos con
el objetivo de generar autonomía e independencia económica en las mujeres.
Eliminando los estereotipos impuestos por la división sexual del trabajo que,
por un lado, desconoce sus habilidades y destrezas para ejercer otras funciones
asumiéndolas como no femeninas y por otro, determinando ciertas ocupaciones
como de exclusividad femenina, bajo el precepto
de que las mujeres son mejores para tales actividades. Una ambigüedad a la
que nos hemos acostumbrado y a la que hemos normalizado sobre todo en el
entorno latinoamericano.
Una sociedad
que promueva una organización social del cuidado
y una economía del cuidado
que fomente la incorporación de mujeres al mercado laboral y que distribuya en
igualdad de condiciones las labores
productivas, es el ideal
al que debemos aspirar. Esto sin desconocer que independientemente de
la etnia, raza, clase o género, todos merecemos disfrutar de los beneficios
generados de la articulación entre reproducción social y sistema económico. De
esta forma, las mujeres lograrían generar los ingresos necesarios que les
aseguren los medios materiales, físicos y simbólicos para su vida. Donde ser
mujer rural, indígena o afrodescendiente; con recursos o sin ellos; no sea
motivo de discriminación sino de inclusión.
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[1]Docente Titular de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, Ecuador
[2] Implica hablar de una reproducción material, física, de la fuerza de trabajo. También
incluye otras actividades destinadas a dar forma, a
moldear a las personas, la socialización, la reproducción de actitudes,
predisposiciones, habilidades, calificaciones; en cierto sentido es la
reproducción de la subjetividad e incluso
la internalización de las formas de la disciplina (Arruzza
y Bhattacharya 2020).
[3]
Índice compuesto que mide el empoderamiento de las mujeres en cinco dimensiones: vida y buena
salud (incluida la integridad física);
educación, desarrollo de capacidades y conocimientos; inclusión laboral y financiera;
participación en los procesos de toma de decisiones, y vida libre de violencia
(ONU Mujeres y PNUD 2023, 50)
[4]
Las dificultades que experimentan las mujeres para poder desarrollarse profesionalmente, y acceder a puestos con mayor poder de
decisión y mejores remuneraciones (Vaca-Trigo 2019, 25)