Fecha de presentación: septiembre,
2020 Fecha de aceptación: noviembre, 2020 Fecha de publicación: enero, 2021
¿Categorías a la calidad de
la gestión de la Universidad o discriminación social solapada? Un problema
latente en el Ecuador
Categories to the quality
of university management or social discrimination undermined? A latent problem
in Ecuador"
PhD. Rogelio Bermúdez Sarguera, PhD.[1]
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3293-9242
M.Sc. Aylin Pentón Quintero [2]
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6981-9757
M.Sc. Marcia Jacqueline Pozo Camacho [3]
marciapozo1964@hotmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4617-3091
Cita sugerida (APA, sexta edición)
Bermúdez Sarguera,
R., Pentón
Quintero, A. & Pozo Camacho,
M. J. (2021). ¿Categorías a la calidad de la gestión de la
Universidad o discriminación social solapada? Un problema latente en el Ecuador. Revista Mapa, 2(22),
23- 36. Recuperado
de http://revistamapa.org/index,php/es
RESUMEN
En el presente artículo focalizamos preponderantemente una
problemática latente en la plataforma psicológica, sociológica, ética y
política de nuestras universidades, a saber, el hecho de la categorización de
la gestión de la calidad universitaria, traducidas en las letras D, C, B y A, por las cuales se ha de
entender, consecuentemente, el status social que la casa de altos estudios
ocupa en la sociedad ecuatoriana producto de su gestión profesional en el
sentido de la academia, la investigación y la vinculación, pero que consciente
o inconscientemente, solapado o explícito, propugna determinados enfoques de
carácter discriminatorio en la comunidad profesional y estudiantil de aquellas.
De ahí que pongamos de relieve la contradicción inexorable que florece entre la
tendencia de nuestra sociedad a la inclusión, en todas sus facetas posibles, y
la discriminación que a ella subyace, pero que pugna por ser desterrada de
nuestra visión general como grupo social que progresa a formas superiores de
convivencia e igualdad.
Palabras Claves: acreditación, categorización, discriminación social universitaria,
exclusión, integración, universidad
ABSTRACT
In the present
article, we focus predominantly on a latent problem in the psychological,
sociological, ethical and political platform of our universities, namely, the
categorization of university quality management, translated in the letters D,
C, B and A, by which it is necessary to understand, consequently, the social
status that the houses of high studies occupy in the Ecuadorian society product
of its professional management in the sense of the academy, the investigation
and the bondage, but that consciously or unconsciously, overlapping or
explicit, advocates certain approaches of a discriminatory nature in the
professional and student community of those. Hence we highlight the inexorable
contradiction that flourishes between the tendency of our society to inclusion,
in all its possible facets, and the discrimination that underlies it, but which
strives to be banished from our general vision as a social group that
progresses to higher forms of coexistence and equality.
Keywords: accreditation,
categorization, social discrimination, exclusion, integration, university
INTRODUCCIÓN
Para nadie debe resultar un secreto que los
aires de fraternidad, libertad e igualdad, proclamada por la fallida Revolución
francesa de 1789, es un hecho que deja aún sus ecos latiendo y abraza a todos con
clemencia en aras del progreso humano. Y es que la humanidad, encubierta o
explícitamente, no cesa en sus ansias de alcanzar la dignidad plena del hombre
y su igualdad moral.
Las formas de conciencia social,
preponderantemente la religiosa –o atea--, la política –o apolítica-- y la
ciencia –o lo empírico--, han abocado al ser humano, durante la civilización,
como estadio contemporáneo de su desarrollo, a múltiples hechos que no tienen
parangón en su historia, sobre todo, a lo que a ética o moral atañe.
La conciencia, atributo solo inherente al ser
humano, espolea sin ambages cualquier posición de partido que las personas en
su arduo y cotidiano bregar asumen y que, en consecuencia, defienden, a veces a
ultranza, llegando a entregar lo más valioso que como ser humano poseen: la
vida. No resulta ocioso que muchos nos preguntemos entonces, ¿es la conciencia
el mejor de los atributos que como personas poseemos? Asimismo, la conciencia
no tiene otro canal de expresión que no sea el lenguaje hablado o escrito, pero
que sin lugar a duda puede trasmutar y trocar una idea relevante en proyectos
de vida quiméricos y simulados. La verdad solo se revela a través del método,
pero este es, por antonomasia, una forma de existencia de la conciencia
instrumental. De tal suerte que nuestros actos de sesgo moral se ven sostenidos
y apoyados, en última instancia, por ese tipo de conciencia, que nos impele a
la acción tras objetivos también conscientemente formulados.
No desearíamos equivocarnos al considerar la
idea, con arreglo a la cual todos nuestros pensamientos son discriminatorios.
En efecto, la selección de un objeto o de una persona dentro de un grupo de
relación, resulta incuestionablemente discriminatorio.
Y eso se debe a una de las funciones
privativas de la conciencia: la selectividad. Por otra parte, la conciencia no
solo selecciona, sino que valora. Y esas dos funciones la conciencia las cumple
incansablemente, momento tras momento de nuestra vida en vigilia. Si la
necesidad de organizarlo todo la añadimos a las funciones mencionadas y la
discriminamos como primera, entonces ellas tres hacen de la conciencia un
fenómeno psíquico completa y definitivamente implicado con nuestra vida moral. No
cabe duda.
Todo esto trae a colación el hecho de la categorización
de las universidades en el Ecuador y su relación con determinadas formas de
discriminación que aquella indudablemente genera, pensamos. En este sentido, no
resultan ociosas preguntas de rigor, tales como: ¿qué entender por
discriminación?, ¿qué formas de discriminación existen?, ¿cuáles son las formas
de discriminación social?, ¿es necesario categorizarlo todo?, ¿cuál es la razón
suficiente que impele a los órganos de poder a categorizar a las universidades
en nuestro país?, ¿moda o exigencias de la Educación Superior?, ¿qué beneficios
reporta la problemática de la categorización de las universidades como
consecuencia?, ¿qué problemas sociales podría enmascarar dicho proceso?, ¿cuál
es la relación de la categorización de la Universidad ecuatoriana con la
problemática de la inclusión y la integración a la casa de altos estudios?, ¿a
qué posición psicológica se aboca el estudiante que intenta ingresar en los
estudios de tercer nivel? Sobre el particular, nos detenemos en el presente
artículo.
DESARROLLO
Antecedentes de la problemática. El acceso y
admisión a la Universidad: una posición elitista y, por ende, discriminatoria.
No se hace
difícil advertir que los cuestionamientos arriba formulados no datan de la
contemporaneidad, sino que son expresión de una pléyade social que arrastra
desde otras épocas la misma connotación de selectividad, haciendo florecer, por
antonomasia y sin ambages, el hecho de la discriminación social que, sutil o
explícitamente, danza al ritmo de cada época.
Este hecho de
extremo valor social es referido por investigaciones científicas recientes, en
las que se pone de manifiesto que el proceso discriminatorio en el salón de
clases universitario comienza ya desde los procesos de acceso y admisión a la
Universidad. Así, Stoner (2016) afirma
…el
acceso y la admisión a la
universidad tienen sus antecedentes de [sic]
la época colonial, en la que existía una
gran carga de discriminación social [las cursivas son añadidas], racial y
de corte religioso. El Seminario de San Luis es uno de los precursores de las
universidades ecuatorianas, donde se
emiten reglamentos segregacionistas [las cursivas son añadidas] implantando [sic] y adaptando estándares que orientaban el futuro de la nobleza
criolla de la época. (p.6)
Considera la investigadora que en su
Constitución se registraba como requisito de admisión a la Universidad,
primeramente, el de “ser cristianos viejos, limpios de toda raza de
moros, judíos y penitenciados por el Santo Oficio y de legítimo matrimonio” (Espinosa,
2008; citado en Storner, 2016, p.171).
En efecto, es imposible solapar u
ocultar el extremo gravamen discriminatorio que primaba en ese período, correspondiendo
con la concepción definitivamente elitista de la educación propia de la época. Ello
se corrobora en la cita que extraemos del texto
Historia General de la República del Ecuador en 1901, cuando expresa que:
En el Seminario, por una
ley especial, estaba prohibido recibir a los hijos de los artesanos; y los que
pretendían ser admitidos como alumnos habían de acreditar primero, mediante una
prolija investigación judicial, su limpieza de sangre, para lo cual era
necesario probar que ninguno de sus mayores había ejercido oficio alguno; pues,
según las preocupaciones coloniales, el trabajo era deshonroso y la holganza
muy honorable. (Espinosa, 2008; citado en Storner, 2016,
p.171)
Los antecedentes citados brevemente permiten inferir que la
historia de la Universidad ecuatoriana no ha estado exenta de procesos discriminatorios
desde su nacimiento, pulsados por los conflictos que generaba –y genera-- el
acceso irrestricto o selectividad para el ingreso a la Educación Superior. No
debe olvidarse, como lo señala Iturralde (1983), el asesinato de seis jóvenes estudiantes
por parte de la policía nacional y los militares que, en señal de protesta,
ocupaban la Casona de la Universidad de Guayaquil, pidiendo la abolición de los
exámenes de ingreso. Fueron estos los hechos que se constituyeron en presión sobre
el acceso irrestricto a la Universidad.
A estas alturas, se hace necesario focalizar, primero, las
definiciones que sobre el concepto de discriminación se han elaborado en la
plataforma teórica y la tipología que sobre aquel se ha generalizado en la
literatura especializada, con el objetivo de someter a estricto análisis las
causas que pudieran servir de base al proceso de categorización de las
universidades en el Ecuador, sin ánimo de agotar definitivamente una
investigación de esta naturaleza.
El término discriminación
proviene del latín discriminare, cuyo
significado podría ser superpuesto a las formas verbales de separar, distinguir, diferenciar. De
manera que todo lo existente puede ser igualmente discriminado cuando se
esgrime un criterio de selección –de discriminación. Querámoslo o no, el
enfoque dialéctico, inherente a la existencia y dinámica del Universo, impone
con creces esa verdad como el santasanctórum
bíblico de lo sempiterno. No nos llamemos a engaño; el proceso
discriminatorio es, sin temor al equivoco, una conditio sine qua non de la sucesión de todo lo existente,
incluyendo al propio ser humano.
La selectividad de la conciencia, como función inherente a
ella, trae aparejado la posibilidad –y necesidad— de diferenciarlo todo, con el
firme propósito de adaptarnos lo mejor posible a los medios natural y social en
el que vivimos. En su clásico bregar, el ser humano selecciona, por ende, clasifica
y, en consecuencia, categoriza. Sin ello, la indispensable jerarquía
estructural de los sistemas no existiría y la vida sería irremediablemente
caótica. Para lograr orientarnos con la mayor precisión posible en el mundo de
los objetos y sujetos en el que nos insertamos, necesitamos diferenciar lo uno
de lo otro y, consecuentemente, soslayar determinadas cosas en aras de
conseguir los objetivos propuestos.
Ahora bien, lo normal se torna agresivo, cuando se
diferencia una cosa en detrimento, menoscabo y quebranto de otra. Y eso es
también generado por la conciencia, por la conciencia social. La política, la
religión y la ciencia son formas explícitas de la conciencia social, escudo
tras el cual flamean todos los aciertos y desvaríos de la sociedad en vigilia.
En el proceso de interacción social cotidiano, las personas
se aproximan a muchas cosas, evitando necesariamente otras. Son congruentes con
la idea anterior, las palabras del filósofo inglés William James, cuando aborda
los problemas de la atención y la conciencia en el ser humano, al señalar que “la
atención selecciona y suprime: la atención es al mismo tiempo un agente
reforzador e inhibidor. Si se elige una línea de pensamiento, necesariamente se
rechazan otras. Si se recuerda un episodio, no se están recordando otros episodios”
(James, 1907; citado en Miller, 2016, p.91). Y eso no solo es dictado por la selectividad
de la conciencia, sino también por la parcialidad de lo psíquico.
No es únicamente el ser humano quien se parcializa --o no--
hacía algo, sino también múltiples especies de animales lo hacen, tratando de
sobrevivir en su contexto vital. Aves que migran, por la discriminación de las
condiciones climáticas cambiantes; manadas que se enfrentan por la obtención
del alimento; animales que mueven su cola ante el amo, mientras otros rechazan
a los transeúntes de ocasión. Y todo ello está en relación directa con las
posibilidades de discriminación. Pero lo cierto es que, en el hombre, esas
posibilidades discriminatorias muchas veces están enfocadas al trato
desfavorable e injusto contra un grupo humano determinado.
La
exclusión, el menosprecio, la negación o privanza hecha por determinada persona,
grupo o institución, asumiendo como criterio el color, la raza, el sexo, la religión,
su origen étnico, la edad, su posición social, orientación sexual, o cualquier rasgo
semejante que invalide o perjudique el reconocimiento, goce o ejercicio en
condiciones de igualdad de los derechos humanos y las libertades fundamentales
tanto en las esferas política, social, económica, cultural y otras, son
expresiones de discriminación social.
El ejercicio discriminatorio trae
como resultado el cataclismo o incumplimiento de los derechos fundamentales del
hombre, perjudicando a la persona en su totalidad, en su espectro holístico
individual y grupal. Quienes discriminan, destinan un trato diferencial,
generalmente inferior, a los derechos y los comedimientos sociales de las
personas, organizaciones y estados. Esta diferencia crea una visión
distorsionada de la esencia humana y se atribuyen virtudes que los ubican en un
nivel más elevado que los grupos restantes. El prejuicio a cierto tipo de
comunidad hace que las personas pertenecientes a aquellas sean juzgadas a priori y rechazadas. La intolerancia,
el rechazo y la ignorancia, en la mayoría de los casos, son determinantes para
el surgimiento de comportamientos discriminatorios.
El
fenómeno de la discriminación, sobre todo de sesgo social, es un evento de
abuso e injusticia que viola el derecho de igualdad de oportunidades. Las culturas dominantes siempre han impuesto a las
culturas restantes cuál debe ser el estatus que le corresponde en la sociedad.
La discriminación puede enmascararse de cualquier forma: conducta
gráfica, escrita, verbal o física, que mancilla o muestra incompatibilidad y
aversión hacia un individuo, tomando como pivote su nacionalidad, religión, ideología,
edad, raza, color, sexo u orientación sexual, profesión, discapacidad, etc.
Todo ello trae consigo la segregación y la exclusión social como resultados
graves y embarazosos de la discriminación, cuyo impacto es altamente inicuo e
ignominioso para la sociedad.
Todas estas formas manifiestas de discriminación bien pueden
sintetizarse en el concepto de discriminación social, entendida como trato
desigual, inferior, a una persona, por pertenecer a una clase social diferente.
Hoy las
universidades constituyen un recinto de aprendizaje del conocimiento científico,
en el que las personas asisten con el propósito de prepararse como futuro
profesional.
Es
poco probable que en eso tengamos dudas. Pero de lo que se trata es de poner en
tela de juicio el hecho de que también a ese recinto, de la más alta academia e
investigación, asisten jóvenes que se hallan bajo la espada mortífera de la discriminación social universitaria,
concepto con el cual consideramos referirnos a aquella forma de discriminación
social propia de las universidades, sobre todo en los primeros años de la
carrera. No es ocioso advertir que justamente la Universidad se ha convertido
hoy día en un espacio abundo de todas las formas de discriminación social.
En
este sentido, son poco probables de refutar las innegables y casi axiomáticas
conclusiones a las que llegan los investigadores ocupados de esta temática,
como lo hace Viveros (2007), al referir que el hecho de ser de un pueblo
lejano, tener acento y costumbres diferentes, usar ropa y peinados distintos,
escuchar música “inapropiada”, ser discapacitado, no pertenecer al grupo “cool”
o no estar actualizado en las nuevas tecnologías, irremediablemente condiciona
molestos apodos, sonidos descorteses y dardos venenosos de la “clase dominante”
universitaria y con ello la humillación, la frustración e impotencia de quienes
los reciben.
Todo
ello no es más que la evidencia fehaciente de la intolerancia hacia el prójimo,
muestra de
la inmadurez de pensamiento e
incomprensión, propias del estudiante de nuevo ingreso y de los primeros años
universitarios. Y en efecto, todo ello repercute en el joven, querámoslo o no,
traduciéndose en baja autoestima, inseguridad, resentimiento, desconfianza,
rechazo, depresión, odio, violencia y debilidad.
Y qué
decir de los jóvenes con discapacidad, preponderantemente con discapacidad
motora. Son ellos unos de los más afectados, al dificultársele, por añadidura,
el traslado con bastones y en sillas de ruedas a los salones de clase, lo mismo
que por las vías públicas, en aras de obtener el conocimiento anhelado,
resultándole mayormente enfadoso.
¿Adónde
fue a parar el artículo 7 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos de 1948, según el cual todos los
hombres “…son iguales ante la Ley y tienen, sin distinción, derecho a igual
protección de la Ley?”. Si absolutamente todos tienen derecho a igual
protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra
toda provocación a tal discriminación,
Entonces,
¿por qué echarle más leña al fuego?
En algunos de los temas de las investigaciones sociales
recientes, no pasa inadvertido el hecho de que la discriminación social
universitaria es un evento incuestionable. En otras palabras, la discriminación
social universitaria no solo proviene de la dinámica de la interacción social
misma entre los estudiantes que ingresan o cursan ya la educación superior,
sino también de determinados organismos del Estado que la condicionan con su
proceder, no necesaria e intencionalmente pernicioso, pensamos.
Ello resulta contrastable en las expresiones de
Vizcaíno, 2013, según las cuales
El
sistema de educación superior que se ha implementado desde el 2011 ha
truncado la posibilidad de que alrededor de 500 mil jóvenes formen parte de las
universidades públicas del país; cuatro años más tarde, las consecuencias de un programa que no toma en cuenta las
diversas realidades de los estudiantes [las cursivas son añadidas] son
evidentes… (citado en Molina, 2015, ¶ 2)
Eso es
una cara de la moneda. La otra cara reside en que la universidad ecuatoriana
sufre de la estigmatización “a través de categorías
y asignación de presupuestos desiguales, lo que genera discriminación y
exclusión hacia los estudiantes con
mayores necesidades” (M.Sc. Gloria, docente de la Universidad Técnica de
Cotopaxi, 2013; citado en Molina, 2015, ¶ 2). Querámoslo o no, las categorías
asignadas a las universidades en la nación se reflejan por los profesionales y
estudiantes como señal de altanería, presunción, petulancia y arrogancia
–categoría A--, en tanto las restantes, no cabe duda de que se asumen como
señal de infamia, deshonra o bajeza profesional. ¿Acaso eso no es agraviar a
una persona públicamente por el mero hecho de ingresar a una universidad de
categoría C o D, pero que en algún sentido satisface determinadas necesidades como
estudiante –o como docente-- o alguna de sus expectativas? ¿Acaso no existe la
probabilidad de que sea en esa, y no en otra, la Universidad en la que puede
trabajar como profesional de la educación, debido a la proximidad de su hogar,
de su familia? ¿Acaso no sería en esa, y no en otra, la Universidad en la que puede
estudiar, debido al presupuesto con el que cuenta el estudiante para realizar
sus altos estudios? Es poco probable negar que esa categoría impuesta a esa
determinada Universidad es uno de los primeros puntos de mira y análisis en el
que se detiene la persona para valorar su elección. No nos entusiasmemos con la
idea de que ese hecho podría pasar inadvertido. El claustro profesoral de una
Universidad C podría estar formado por profesionales excelentes, tanto en el
ejercicio de la docencia como en la gestión de investigación, pero la categoría
otorgada por los órganos correspondientes del Estado lo persigue como una
Espada de Damocles que pende no solo sobre sus cabezas, sino sobre la de sus
discípulos.
Ante
la pregunta de rigor: ¿por qué elegiste esta Universidad para estudiar?, la
generalidad de los estudiantes en el curso propedéutico o de nuevo ingreso,
responden: “aunque advertí que la
Universidad es categoría C, es la única de esta ciudad que ofrece facilidades
para estudiar optometría”, v.g., como
tratando de asirse a ese mecanismo de defensa de su ego ante el grupo que
detenidamente lo escucha, ego que ahora es mancillado por una letra. Otros,
tratando de defenderse a ultranza con toda la presión moral que ello conlleva,
consideran indiferente la problemática categorial.
Sin
embargo, la indiferencia personal no debe tomarse como señal de neutralidad o
como valencia ambigua o ambivalencia, pues bajo la abstinencia o la
indiferencia subyace necesariamente la negatividad ante aquello que a la
persona le imponen y que, por ende, no es resultado de sus convicciones sobre
el hecho o una actitud firme de autodeterminación.
Permítanos
una pequeña y oportuna digresión.
En
efecto, abstenerse, según la concepción generalizada, es no poseer una
valoración positiva –ni negativa-- hacia algo y abrazarse a la salvadora
neutralidad. Sin embargo, a juicio nuestro, abstenerse sí es poseer una
valoración negativa hacia aquello que se somete a análisis. Si nos abstenemos
en emitir nuestro voto o juicio favorable, es porque no compartimos lo que está
sucediendo. Si, por el contrario, lo aceptáramos, no hiciese falta que nos
expresáramos con carácter dubitativo y nos escondiésemos tras la abstinencia protectora,
amparadora. El Universo es dual, dialéctico, y la lógica formal dicta sin
ambages que todo ES o NO ES y el tercero queda excluido, por ley aristotélica
del pensamiento correcto. Eso nos hace pensar en que la disyuntiva solo es la
resultante de hallarse ante dos alternativas, una de las cuales debe elegirse.
De modo que la tercera elección no es posible. Nadie está exento de conflictos,
pero los conflictos o las contiendas se dirimen a favor o en contra, no por
abstinencia o neutralidad. Ante un conflicto, tiene Ud. únicamente dos
posibilidades de proceder: o se aproxima al primer polo de la situación de
conflicto, evitando el segundo, o se aproxima al segundo, evitando el primero.
¡No es posible la neutralidad; ella queda excluida! Y todo ello se debe, como
habíamos apuntado más arriba, al hecho simple, pero por la ciencia demostrado, de
que a nuestro psiquismo y, por ende, a nuestra conciencia, le es inherente, por
antonomasia, la parcialidad. El hecho de ser parciales desde las primeras edades
implica que nuestras decisiones son siempre tomadas a favor o en contra de algo
porque estamos de acuerdo o no con algo, porque algo nos atrae o rechazamos. Y
una tercera decisión no es posible. Los dictados del pensamiento correcto son
inalterables.
El
pensamiento humano, aún después de los altos cielos, lo valora todo, forma de todo
juicios de valor. Y es que esa es una función intrínseca e infaliblemente
inherente a la conciencia. Las letras A, B, C, y D, como entidades de un
alfabeto inocente, categorizan, encasillan, como camisa de fuerza, no solo a la
Universidad como recinto espacial, sino a las personas que dentro de ella
enseñan o aprenden. Esas letras, colgadas virtualmente a la entrada de la
escalinata universitaria, señalan el mundo de la trascendencia, sobre todo
moral, para bien o para mal. En el curso de las valoraciones que el ser humano
ineluctablemente construye, configura al mismo tiempo una estructura de
jerarquía de las cosas, dada por la importancia que a ellas les adjudica, en
lógica subordinación. Las apreciaciones de mayor o menor importancia que el
sujeto descubre sobre las cosas, promueven en él el ordenamiento de una “escala
psíquica” que se constituirá en motor pulsor y orientador de su comportamiento.
De manera tal que
si la distinta jerarquización de los valores es lo que
otorga la talla moral a cada individuo, es
evidente que la educación de una persona dependerá sin duda de esta “escala
moral” [las cursivas son añadidas] que haya interiorizado, y que se
encuentra en congruencia con el propio proyecto de vida como canalización de
todas sus energías. (Tierno, n/d, p.17)
Con
esas últimas letras, llevamos ya el San Benito sobre nuestras espaldas, difícil
de borrar, a no ser que un golpe de empuje grato –sea por los motivos que
fuere-- nos coloque en la ansiada cima.
Otro tanto se advierte en la distribución del presupuesto
universitario. Según la información que la Secretaría Nacional de Educación
Superior, Ciencia y Tecnología (SENESCYT) reporta, en función de la fórmula aplicada
bajo la norma expedida por el Consejo de Educación Superior (CES), al calcular
la distribución de recursos de las universidades, se determinó el monto que
cada universidad recibe por estudiante. Resulta que las universidades públicas con
Categoría D, C, B y A, reciben un monto de 1.627, 1.855, 2.518 y 3.461
dólares por estudiante, respectivamente, rompiendo con la lógica de equidad al
recibir el presupuesto del Estado. A ello debe sumársele las denominadas
universidades del milenio como YACHAY, IKIAM, UNIARTES y la UNAE, a quienes se
les triplicó el presupuesto, cuando todas y cada de las universidades del país
deberían recibirlo bajo las mismas condiciones. O sea, que el presupuesto
asignado a las universidades bien puede ser considerado como castigo –o
premio-- en función de las categorías que ostentan. Para nada son desacertadas
las palabras de Vizcaíno (2013), cuando afirma: “he podido identificar que sin lugar a duda” “sí existe una lógica
inequitativa, que se traduce en los presupuestos, en el examen de admisión, en
el sistema de nivelación; en general en todo el acceso a la educación
superior” (¶ 6). Bajo su estricta defensa de la igualdad, Vizcaíno (2013) hace hincapié
en ese valor humano, al decir que
el
estudiante y el ser humano como tal tiene [sic]
que ser visto como persona con necesidades, visiones, valores, aptitudes y que
el sistema implementando no recoge esas necesidades, más bien ve al estudiante
como el obrero que genera mano de obra calificada, que va a la fábrica a
trabajar y no tiene ningún punto de vista sobre su entorno social, político o
económico. (¶ 6)
La igualdad, la equidad y el equilibrio son
valores humanos difíciles de alcanzar y que pudieran lograrse mediante la
educación continua y constante. Pero si el propio poder gubernamental lo
propicia, justifica y mantiene, entonces, ¿no cree Ud. que le estaríamos echando
más leña al fuego?
¿Qué hacer? Ustedes tienen la palabra.
CONCLUSIONES
§ La
categorización de las universidades en el Ecuador es un hecho de naturaleza
discriminatoria que podría dar al traste con la convivencia social de igualdad que
a todos atañe.
§ Lograr
ingresar en la casa de altos estudios ya es un hecho social de por sí
discriminatorio, refrendado en el sistema de acceso y admisión a la Educación
Superior ecuatoriana. De modo que la discriminación se exacerba si a ello
definitivamente sumamos la categorización de la Universidad misma, otorgándole
un significado social lamentable a través de determinadas letras –categorías-- que
sostienen nuestra comunicación.
§ Si la
necesidad de evaluar la gestión de la Universidad resulta inevitable, lo que
trae como consecuencia una determinada categorización, sería loable y
pertinente para la sociedad hablar en términos de universidades acreditadas, no
acreditadas o en vías de acreditación.
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(2007). Discriminación racial, intervención social, y subjetividad. Revista de estudios sociales, 27, pp.106-121.
[1] Docente-investigador.
Facultad de filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Universidad de
Guayaquil.
[2] Docente-investigadora.
Facultad de ciencias de la educación. Universidad Pedagógica de la Habana.
[3] Docente-investigadora.
Facultad de filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Universidad de
Guayaquil.