Fecha de presentación: enero,
2020 Fecha de aceptación: febrero, 2020 Fecha de publicación: abril, 2020
Incidencias en el contexto educativo de una
pandemia imprevista
Incidents in the
educational context of an unforeseen pandemic
Dr. Rogelio Bermúdez Sarguera, PhD.[1]
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3293-9242
M.Sc. Marcia Jacqueline Pozo Camacho [2]
marciapozo1964@hotmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4617-3091
M.Sc. Aylin Pentón Quintero [3]
apq15d@gmail.com; aylinpq@ucpejv.edu.cu
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6981-9757
Cita sugerida (APA, sexta edición)
Bermúdez
Sarguera, R., Pozo Camacho, M. J. &
Pentón Quintero, A. (2020).
Incidencias en el contexto educativo de una pandemia imprevista. Revista Mapa, 1(19), 1-19. Recuperado de http://revistamapa.org/index,php/es
RESUMEN
El presente artículo aborda
una problemática de extrema actualidad: la relación de la educación con el
nuevo coronavirus, lo que ha producido múltiples alteraciones en todas las
esferas de la vida, preponderantemente, en la vida escolar, a todos los niveles
de enseñanza. El objetivo que se persigue es el de describir el comportamiento
de algunos hechos educativos, tras la incidencia de una pandemia que se hace
sentir en los contextos de enseñanza y de aprendizaje, indudablemente, y que ha
provocado el cierre de múltiples centros educativos y la subsiguiente asunción
de nuevas vías de enseñanza por los gobiernos, provocando la necesidad de
adquirir, por parte de la familia, la tecnología necesaria para que sus
vástagos puedan aprender desde el hogar y, con ello, la agudización de sus
problemas económicos, especialmente de aquellas cuyos presupuestos son exiguos
y no resultan suficientes para amparar el costo de las tecnologías pertinentes.
Los métodos de investigación que sostienen estos resultados apuntan principalmente
al análisis y la síntesis y al histórico-lógico, como métodos teóricos, así
como al análisis de documentos y datos obtenidos por algunas organizaciones que
a nivel mundial exponen las estadísticas de los hechos, como método empírico.
Los resultados apuntan a que millones de estudiantes de todos los lares del
mundo se han visto precisados a interrumpir su educación por la pandemia y que
muchos países han impuesto cuarentenas, induciendo así al cierre parcial o
total de sus colegios y universidades y provocando, a la postre, un desastre
ecológico en el desarrollo humano.
Palabras claves: aislamiento social, coronavirus, cuarentena,
educación, pandemia, tecnología digital.
ABSTRACT
This
article addresses an extremely
topical problem: the relationship of
education with the new coronavirus, which has produced multiple alterations in all spheres of life, predominantly
in school life, at all levels
of education. The objective pursued is to describe the behavior
of educational events, after
the incidence of a pandemic that is felt in the teaching and learning
contexts, undoubtedly, and that has caused the
closure of multiple educational centers and the subsequent assumption of
new ways of teaching by govern‐ ments,
causing the need to acquire, by the family,
the necessary technology so that their offspring can learn from home
and, with it, the exacerbation of
their economic problems, especially those whose Budgets are meager and
insufficient
to cover the cost of the relevant technologies. The research methods that support these
results are aimed mainly at the analysis
and synthesis and the historical-logical, as theoretical
methods, as well as the analysis of documents and data obtained by
some organizations that present the statistics of the events worldwide, as a
method. empirical. The results suggest that millions of students from all over the
world have been forced to interrupt their education due to the pandemic
and that many countries have imposed
quarantines, thus inducing
the partial or total closure of their
colleges and universities and ultimately causing an ecological disaster in human development.
Keywords: social isolation, coronavirus, quarantine,
education, pandemic, digital technology.
INTRODUCCIÓN
A
escala mundial, una de las actividades no económicas más afectadas directamente
por la epidemia actual, provocada por el virus SARS-CoV2, es la educación, en
todas sus especialidades. Millones de estudiantes de todos los niveles
educativos vieron paralizadas sus actividades presenciales de aprendizaje, por
tiempo indefinido o parcial, ante la necesidad de los gobiernos de imponer
cuarentenas de inamovilidad a la población, con duraciones y matices variados,
con el objetivo explícito de tratar de evitar su expansión.
Todo
ello ha generado una crisis sin precedentes, que nos aboca a problemas de
índoles económico, metodológico y psicológico, entre otros, y que deben ser
abordados cuando de la pandemia provocada por la COVID-19 se trata, siempre en
el contexto educativo.
DESARROLLO
Permítanos,
sin ánimo de abarcar completamente todo lo que a relación economía, metodología
y psicología-pandemia-educación concierne, detenernos en aquellos aspectos que
nos parecen oportunos e importantes, dada la situación que se acrecienta hoy, a
nivel mundial.
Sobre
la relación economía-pandemia-educación
A
nivel mundial, a finales de marzo del 2020, más de 1.7 mil millones de
estudiantes de
Solo
en Latinoamérica, los efectos de las cuarentenas o políticas de aislamiento
sociales provocaron, a finales de marzo, que unos 111,9 millones de estudiantes
quedaran fuera de las actividades docentes presenciales, aunque muchos países
decidieron pasar al sistema de educación mediante medios de comunicación
nacionales, como lo hizo Cuba, desde el 28 de marzo de 2020, así como a
alternativas de educación a través de las redes sociales e internet (Facebook,
WhatsApp, Moodle, Classroom, Instagram, Zoom, Teams y medios alternos). Sin
embargo, estas últimas no estaban al alcance de todos los estudiantes,
especialmente, de los niños, adolescentes y jóvenes más pobres. Las
asimetrías sociales en la educación brillan más que nunca a la luz de la
pandemia, haciéndose infaliblemente evidentes, digamos en el Ecuador. Resultan
claras las palabras de Oviedo
(2020), en este sentido, cuando afirma que, para el 2019, el
79% de ecuatorianos, teníamos acceso a internet,
sobre todo en dispositivos móviles y los canales oficiales nos comunicaban que
el estado iba a desarrollar programas para que el sector rural tenga [sic]
conexión satelital a 9 dólares mensuales. Pero nos llegó el coronavirus y las
cifras muestran otra cara. Para el 20 de marzo de este año [sic] se comprobó
que solo el 37% de hogares tiene acceso a internet (16% en la zona rural) [la
cursiva es añadida]. Del [sic] esos 37% totales de hogares, solo el
24% tiene computadoras en casa (8% en la zona rural). (p.21)
La propia
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ya consideraba,
antes de la pandemia, que las condiciones sociales de la región se
menoscababan, debido la elevación de los índices de pobreza y la permanencia de
las desigualdades, así como el creciente descontento social.
Muchos
de los gobiernos mundiales han elaborado planes y programas, digamos, para la
alimentación escolar, a modo de apoyar los estratos más pobres de la sociedad,
sin asistencia directa a los centros de enseñanza. Y eso también afectó a los
niños y adolescentes, generando mayores desbalances en su dieta, edades
psicológicas cruciales en su desarrollo físico y psíquico.
A
partir de tales situaciones, se incrementaban las actividades docentes por las
redes sociales y los medios de comunicación, en las que devenía obstáculo
importante la temática económica, pues para la existencia de tales vías no
pudieron pasar inadvertidos los costos de la adquisición de los equipos de cómputos
por parte de los estudiantes y los de las transmisiones de las actividades a
desarrollar.
En
países como Cuba, con experiencias en la complementación y homogenización de la
calidad de los procesos de enseñanza y de aprendizaje, se retomó, luego de
haberse suspendidos repentinamente las clases, la acción de emplear los medios
televisivos públicos como una manera de enfrentar la afectación de la docencia
presencial.
Demás
está decir que la UNESCO (2020) no desestimó el hecho de que, a la altura del segundo
trimestre de 2020, casi el 70% de los estudiantes del mundo ya no recibían
educación en forma presencial típica, por la pandemia, y las escuelas de
unos 186 países habían cerrado por periodos diferentes; algunas, por el resto
del año académico.
Así,
unos 1,3 a 1,6 mil millones de estudiantes quedaron sin asistir a clases y
desde sus residencias, los que podían, trataban de continuar con la ejecución
de sus actividades, a través de las redes sociales y medios de comunicación
tradicionales, después de que su año escolar se hubiese interrumpido,
repentinamente.
Los
estudiantes comenzaron a tratar de navegar a distancia, con miles de maestros
no preparados para tales acciones inesperadas y estas aulas virtuales, muchas
veces, no pudieron cumplir sus cometidos ni llegar a todos de forma aceptable;
el alcance de las redes y el poder adquisitivo de millones de familias se
contradijeron ostensiblemente, cercenando la posibilidad de la relación
tecnológica maestro-alumno.
En
efecto, compartimos plenamente con Murillo y Duk (2020) la idea con arreglo a la cual
La educación a distancia es una quimera, una
alternativa para los que tienen equipos de una cierta calidad con acceso a
internet en casa. Pero [sic] desgraciadamente hay demasiados estudiantes que no
cuentan con ese recurso, ni con las condiciones materiales, ambientales y de
espacio para poder beneficiarse de esta opción [la cursiva es añadida]. No
olvidemos que aún hay millones de personas en América Latina, pero también en
España o Portugal, que no disponen de luz eléctrica en sus casas. Mas [sic]
específicamente, solo 4 de cada 10 hogares de Latinoamérica cuenta con conexión
a internet. Así, por ejemplo, siendo Chile uno de los países con mayores
niveles de conectividad, solo alrededor del 57% de los hogares cuentan con
conexión a red fija. (p.34)
Y
ello se sucede una y otra vez en los hogares de millones de familias
latinoamericanas.
El
virus obligó, sin previo aviso, que los maestros cambiaran su forma de gestión
profesional: de lo presencial a la virtualidad. Millones de padres tuvieron que
enfrentar nuevas actividades, sin estar totalmente preparados para hacerlo con
la calidad requerida, de manera que asumieron roles educativos contextualizados
a una realidad que se imponía y la educación en el hogar se convertía en norma.
No
obstante, en ciertos países, las escuelas no cerraron. Algunas de ellas habían
reabierto en junio de 2020, con nuevos procedimientos y precauciones a seguir.
Los estudiantes se distanciaban físicamente, se ponían ropa protectora e,
incluso, llegaban a pasar controles de temperatura para quedarse en la escuela
y aprender. Las labores de desinfección en ella se multiplicaban.
Hoy
día, muchos estudiantes, en casa, tienen dificultades para acceder a los
alimentos y a la tecnología que recibieron anteriormente en la escuela, con
independencia de que han dado un paso firme en aras de cerrar la brecha lo
mejor posible, al proporcionar servicios de recogida de alimentos y equipos
para acceder a Internet desde el hogar.
Deviene preocupación cimera que
la inactividad prolongada de las escuelas aumente las desigualdades entre los
estudiantes de distintos estratos sociales, con diferentes niveles de acceso a
las tecnologías de telecomunicaciones, adecuadas para la enseñanza a distancia
y, todo esto, quebrante la calidad de la educación, acentuada ya en áreas del
Sur, como África, Asia y parte de Latinoamérica. Esta medida, en particular,
como había sido señalado por la UNESCO (2020), invadirá negativamente toda la
vida social y, preponderantemente, la de nuestros niños. Con la interrupción
del proceso de aprendizaje, llegará la alimentación insuficiente, el acceso
desigual a las plataformas digitales para el aprendizaje, costos elevados para
el presupuesto familiar en la compra de los equipos de computación necesarios,
insuficiente o nula la preparación metodológica de los padres en la dirección
del aprendizaje a distancia de sus hijos, aumento de la presión para los
centros escolares que permanezcan abiertos y el incremento insoslayable del
abandono escolar, entre otras consecuencias no deseadas.
Subyacen a lo expuesto, algunas
interrogantes que consideramos oportunas. Por ejemplo,
§ ¿cuándo
reabrir completamente las escuelas, decisión difícil y delicada en las agendas
políticas, al
incluir en sus actividades a niños, adolescentes, jóvenes y adultos?,
§ ¿qué condiciones
imprescindibles deben considerarse en la apertura de los centros educativos,
donde la masividad y el contacto social y, a veces, el hacinamiento, son
consustanciales a estos centros?
§ ¿en qué consiste la
bioseguridad, al reabrir las escuelas, o existirá el riesgo de rebrote de
contagio?,
§ ¿cuáles son las consecuencias
prematuras y tardías para la salud psíquica de los niños y su desarrollo
social, al mantenerse sin clases presenciales?,
§ ¿realmente están aprendiendo
los estudiantes que lo hacen a distancia, vía internet?,
§ ¿cómo evaluar el aprendizaje
de esta pléyade de niños, que lo hace por vía digital?
Las
respuestas a dichas preguntas, hasta hoy, se tornan confusas y complicadas
porque la pandemia continua presente en casi todo el mundo, y no por igual. En
junio de 2020, aún no había evidencia suficiente, por ejemplo, sobre los
riesgos de transmisión a los menores de edad; estos estaban afectados
superlativamente por el confinamiento, aunque, en ciertos lares, se empezaba a levantar
de manera gradual y con muchos cuestionamientos acerca del manejo del proceso
de vuelta a la normalidad.
Sobre
la relación psicología-pandemia-educación
“Es tremendo cómo la angustia y el aburrimiento [la
cursiva es añadida] –apunta Fernández (2020)-- están afectando a los niños”,
“…el impacto de la pandemia en la economía de las familias, (…), provoca miedo,
incertidumbre y angustia [la cursiva es añadida]” (p.6). En efecto, todo lo que
alrededor nuestro ocurra, nos afecta de un modo u otro, irremediablemente.
Demás está decir que vivimos en un mundo de objetos y sujetos y ellos,
constituyendo nuestra realidad, condicionan en nosotros emociones, sentimientos
y pasiones de valencia positiva o negativa. De ahí que compartamos la idea de
Fernández (2020) acerca de los afectos y estados de ánimo que nos provoca el
aislamiento social, la brusca interrupción de la interacción social y la
comunicación.
Es por ello, que los conceptos psicológicos de
actividad y comunicación, predominantemente, se sienten amenazados y
repentinamente agredidos por una pandemia que llega sin previo aviso. A partir
del 14 de marzo del 2020, muchas escuelas cerraron sus aulas y muchos países,
sus fronteras. Pocos previeron tamaña detención de la vida escolar. Muchas
universidades posibilitaron un periodo de 15 días para las vacaciones de verano
de sus docentes que, boleto de avión en mano, quedaron sin volar a algún lugar
desconocido o ilustre. La pandemia ya estaba haciendo estragos. Los más
suertudos, quedaban varados en algún lugar de este mundo. Lo que sí a todos les
tocó fue enfrentar sus propias emociones, ante las frustraciones que emergían
de lo más recóndito de la personalidad de aquellos. Como nunca antes, el
fantasma visible de la enfermedad por la COVID-19 se había generalizado de
inmediato.
Aunque
las edades psicológicas de la niñez, la adolescencia y la edad juvenil no
fueran las más afectadas mundialmente a nivel de salud por este tipo de virus,
al no presentar de forma mayoritaria enfermedades subyacentes --hepatitis,
hipertensión, diabetes, problemas cardiovasculares, cirugías mayores, etc.— ni
de peligros inminentes ante la epidemia, sí tuvieron repercusión psicológica
marcada en sus vidas y rutinas, en sus actividades escolares y extraescolares.
No es difícil advertir que estas edades han sido superlativamente afectadas por
esta enfermedad, en el sentido de su desarrollo psíquico y educación, dados los
periodos de mayor sensibilidad en el aprendizaje de determinados conocimientos,
hábitos y habilidades, en esa etapa peculiar.
Hoy día el panorama sigue siendo
psicológicamente desgarrador. Mientras más largo sea el cierre de las escuelas
por la pandemia, superior será la pérdida de tiempo en lograr aprendizajes de
convivencia social y, de ahí, la importancia de volver a la situación inicial y
tratar de disminuir los daños acaecidos a millones de niños, adolescentes,
jóvenes y adultos. Como bien apunta Fernández (2020), “… echamos
de menos el calor humano de las clases presenciales, dice un profesor” (p.24).
Cuando repasamos las tesis sobre Feuerbach, el viejo Marx, conocido filósofo y
político alemán, enfatizaba nuestras naturalezas. En su sexta tesis, el hombre
de ciencias afirmaba que “…la esencia humana no es algo abstracto inherente a
cada individuo. Es, en realidad, el conjunto
de las relaciones sociales [la cursiva es añadida]” (p.402). De modo tal
que no somos únicamente seres biológicos, sino, y principalmente, seres de
naturaleza social. El propio naturalista inglés, Ch. Darwin, creador de la
teoría evolucionista, aseveraba igualmente: “dudo mucho que lo humano en el
hombre sea de naturaleza innata” (p.8). Estos hombres bien sabían que solo la
educación y nuestras condiciones de vida convenían la naturaleza social que
infaliblemente nos caracteriza. La existencia del otro hemos de considerarla
nuestra propia existencia.
No debe reposar en el tintero el hecho de que las
escuelas no solo son espacios para aprender conocimientos y habilidades,
necesarias e imprescindibles para adaptarnos a nuestros contextos frecuentes de
vida, espacios en los que se ofrecen complementos alimentarios y se realizan
actividades deportivas en aras de la salud, sino también espacios en los que se
condiciona el equilibrio social del menor, la plataforma cimera en la que se
configura preponderantemente la identidad psicológica del niño, en la que
surge, se desarrolla y se expresa lo más social de la personalidad infantil, en
la que la educación moral –léase valores— depende en gran medida de la
presencia del otro, en el “lugar de los hechos”. ¿Cómo responder moralmente
ante una situación que nunca observé y, por ende, nunca aprendí? El grupo
escolar generalmente no se yuxtapone, ni por asomo, al grupo familiar. La
sempiterna frase “hogar dulce hogar” no deja eco para la escuela, el colegio o
la universidad, donde la plataforma moral se haya configurada bajo otras
reglas, otros cánones de comportamiento, y esa realidad será mucho más
generalizada, nos perseguirá con mayor extensión en el tiempo en relación con
la existencia de la familia nuclear.
No
nos llamemos a engaño; es en la plataforma educativa donde se crea el ambiente
de solidaridad en el que el egoísmo muta; es el contexto educativo directo
donde los afectos florecen, se despliegan en todo su colorido; es en las
relaciones humanas directas donde el hombre deviene humano. Y eso, florece en
las aulas y patios escolares, en las aulas y espacios colegiales y
universitarios, donde lo potencial se transforma en realidad personal para
adaptarnos mejor a nuestros contextos vitales de convivencia. “Los adolescentes
se educan los unos a los otros” (p.73), afirmaba Bozhovich (1982),
investigadora rusa. Pero, ¿dónde está el otro, si una fría pantalla digital o
algún celular nos lo ha escondido?
A
propósito, si asumimos lo contextual bajo la identidad de lo cultural, como
pensamos, entonces no habrá alternativas para entender que también la cultura
ha de colapsar. Desaparecieron, abruptamente, los “Jalisco park” de los niños;
se esfumaron los parques pletóricos de la impaciencia y el romanticismo como
cualidad de la sabiduría en la edad juvenil y del espíritu contradictorio e
incontrolable de la adolescencia. Se terminaron las “esquinas calientes” para
los más adultos. Las calles desoladas y los establecimientos cerrados
caracterizan hoy las ciudades, otrora de gran movimiento. Poco a poco,
disminuyen las imágenes psíquicas olfativas, gustativas y, sobre todo,
táctiles, de los compañeros de la escuela. Y la pandemia sigue cobrando
cultura.
Las
áreas de contacto social nos hacen siempre un poco más libres, más
inteligentes, en el sentido de la oportunidad de conocernos a nosotros mismos,
a través de las relaciones con los demás. Es en ellas en las que justamente
nuestra autoestima tiende a adecuarse, comparándose con aquellas; es allí donde
la plataforma moral de nuestra existencia pulsa por ser aceptada en la dinámica
grupal en la que nos insertamos; es también allí donde los demás devienen
espejos ineludibles de nuestra conducta psíquicamente parcializada. Estemos
conscientes o no, las áreas de encuentro social se erigen en puntas de lanzas,
provocando la agresividad sin precedentes del cambio psicológico al que
necesariamente debemos estar sujetos. El Santo Grial de estos contactos, bien
puede traducirse bajo la máxima socrática: “conócete a ti mismo”, al pretender
alertarnos de que no existe una actividad más fructífera que el conocimiento de
sí mismo. Y eso, solo puede lograrse en virtud del conocimiento que tengamos de
los demás. La problemática de la metacognición –conocimiento de sí mismo— es un
hecho psíquico tardío en el desarrollo ontogénico de las personas, y a él
precede el conocimiento del otro. ¿Quién soy?, ¿cómo soy?, qué aprendo?, ¿cómo
aprendo?, ¿con cuáles recursos psíquicos instrumentales cuento para llevar a
cabo mi aprendizaje? son cuestionamientos indiscutibles que indican el difícil
acercamiento al conocimiento de sí mismo, pero que resultan poco probables sin
la presencia, a veces físicamente inadvertida, del otro, del acercamiento
acucioso que hayamos tenido hacia aquel. Tampoco olvidemos la máxima
vigotskiana, según la cual el desarrollo psíquico aparece en escena dos veces:
primero, como relación interpsíquica; luego, como relación intrapsíquica. Eso
es un hecho… ¡y psíquico! De ahí que no se haga difícil inferir que el otro existe
primero que nosotros, incluso para nosotros mismos.
De
lo anterior se infiere que el perfeccionamiento de todo sistema educacional, en
lo adelante, no solo está vinculado con los aspectos metodológicos de los
planes y programas de estudio, sino que no estará reñido con los cambios en la
relaciones personales y humanas entre alumnos y profesores, del
reacondicionamiento de las aulas, de establecer protocolos sanitarios de
higiene personal para los docentes y auxiliares escolares, así como la “limpieza
microscópica” de los locales que los niños regularmente visitan, de disminuir
con toda intención –querámoslo o no-- el número de alumnos dentro de los
espacios áulicos, con el objetivo explícito de desmembrar de raíz el
hacinamiento que frecuentemente en ellas se produce. Bien sabemos que tales
medidas debieron haberse tomado hace rato, justo cuando la pediculosis, por
solo poner un ejemplo, asestaba un golpe mortal a la higiene de nuestros
pequeños. Es muy probable, como sucede en Cuba, que dichas condiciones no hayan
pasado inadvertidas para los colegios, pero de lo que se trata hoy es de azuzar
el buen tino, el sentido común, como el menos común de los sentidos, para
atenuar hasta su desaparición, esta enfermedad que trasciende el plano
individual de análisis.
Aun
cuando el futuro de la educación no está claro y millones de estudiantes y
maestros no saben cuándo se reanudarán las clases presenciales, sí albergamos
la esperanza de que volveremos nuevamente a la normalidad de esa sagrada
actividad social: la educación.
Sobre
la relación metodología-pandemia-educación
Bien
puede apreciarse, a partir de los datos que por doquier se imponen, que no en
todos los lugares existían condiciones materiales y subjetivas para emprender
la educación que los hechos ahora exigían a ultranza: la educación a distancia,
o sea, a través de los medios de comunicación digitales, sobre todo, los de
nueva generación. No es posible impartir clases sin dominar las nuevas
tecnologías, como no se hace posible recibirlas si no se tienen las
competencias imprescindibles para ello. Es esa una perogrullada.
Pero
de lo que aquí se trata es de considerar la proyección metodológica de la
gestión docente. Y hago esta salvedad porque si consideramos que la enseñanza
es la dirección del aprendizaje (Bermúdez y Rodríguez, 1996), entonces la
gestión de aprendizaje depende en gran medida de la dirección que de ella haga
el docente.
A
nuestro juicio, ha sido interesante lo que sucede con el método de enseñanza –y
el de aprendizaje-- que hoy se esgrime con las vías online. La frase “nada de
lo humano me es ajeno”, escudaba a Terencio, filósofo italiano, al proponernos
considerar que lo que otros hacían no era tan descabellado, pues también sería
patrimonio nuestro en algún momento de nuestra vida.
El
contexto educacional no está exento de ello. Generalmente, lo que un docente
hace, el método que blande y los procedimientos que ejecuta, son válidos para
segundos y terceros. De tal suerte que, ante las pantallas, en las que aparecen
múltiples alumnos, el método de enseñanza se constriñe, la más de las veces, al
método expositivo, al método frontal. Con ello, el docente sigue siendo el más
enciclopédico de todos y el protagonismo sigue permaneciendo en el contexto de
enseñanza, al menos, en el nivel universitario.
Lo
negativo de todo esto no solo reside en lo que acabamos de expresar, sino
también en que no necesariamente el docente advierte la ausencia virtual del
alumno, el cual, aun cuando tras el pase de lista, la pantalla muestra su
presencia, se ha marchado a hacer múltiples labores hogareñas o de otra índole
y, por ende, no está tan activo como se afirma en el display de la computadora.
Triste
realidad, que solo puede ser zanjada, pensamos, bajo el uso del método
mayéutico-socrático. Creemos que no queda otra alternativa. En una clase, el
monto de estudiantes es elevado, de lo que resulta la necesidad de comprobar el
seguimiento a ella y, en consecuencia, su entendimiento racional. Sucede, y no
pocas veces, que cuando el docente emplea aquel método, el estudiante al que se
le formuló la pregunta en cuestión, no está presente, no responde.
El
docente de inmediato puede retirar la asistencia a clases del alumno, pero lo
que no puede es hacer que este comprenda la temática sobre la cual se versó y,
peor, no devolverá el tiempo venerable de participación de aquel en el trabajo
colaborativo de todos los presentes. No negamos que muchos de los estudiantes
solicitan el permiso de retiro de una clase, pero tampoco eso le concede el
derecho de ausentarse de ella.
METODOLOGÍA
El
método mayéutico-socrático, en tiempos de COVID, deviene, a nuestro modo de
ver, método más oportuno y atinado, de acuerdo con la situación que delante
tenemos. El alumno no debe olvidar nunca el carácter latente de la posibilidad
de que uno de los cuestionamientos en la temática que se aborda, se dirigirá a
él. Con esto, como habíamos dicho, corroboramos que el estudiante está con
nosotros y va comprendiendo el tema que impone el syllabus, de modo que logre,
además, apoyar determinada respuesta, quizás no completada aún con la
participación de los que le precedieron.
En
orden similar, no debemos pasar por alto que, al solicitar al estudiante
retomar el conocimiento propedéutico para tomarlo como pivote del conocimiento
sincrónico, aquel repite al pie de la letra todo cuanto dijo el profesor. Por
supuesto, ello se debe a esa grabación que hizo de la clase anterior, lo que se
torna poco deseable para el universitario. En trabajos anteriores, (Rodríguez y
Bermúdez, 2001) habíamos considerado poner atención a las denominadas cadenas
verbales –entendidas como la conexión de múltiples estímulos con sus respuestas
correspondientes-- y que se ven en extremo favorecidas por el uso de estas
nuevas tecnologías.
Lamentablemente,
el alumno repite como loro lo que el maestro ha dicho en la clase anterior,
producto de esa grabación, sin pasar en ningún momento por su cabeza, sin
pensar en lo que está diciendo. Y antes determinadas preguntas del docente,
preguntas que se avienen con la propia temática que se está exponiendo al
principio de la clase, el estudiante no es capaz de abordarlas con sus propias
palabras. El camino metodológico resulta arduo, contradictorio, imponente, pero
lo superaremos en aras del aprendizaje imprescindible del alumno. Al menos, ya
tenemos el con qué (los medios); aún nos falta ajustar el cómo (el método).
No
es difícil advertir, llegados a este punto, la concomitancia del método a
esgrimir en las clases vía ONLINE y las máquinas de enseñar, estas últimas
elaboradas en las postrimerías del siglo XIX, por el archiconocido investigador
norteamericano B.F.Skinner. Su método no se hizo esperar, denominándosele
enseñanza programada. Este hombre, pionero en la construcción de estas máquinas
ignoraba que un siglo después sus resultados investigativos serían sometidos a
la práctica, como nunca antes. De este modo, la enseñanza programada en tiempos
de pandemia puede interpretarse, siguiendo al menos dos derroteros.
Por
un lado, el hecho de que las máquinas de enseñar promuevan inexorablemente la
formación de cadenas verbales, hechos psíquicos que definen el aprendizaje
instrumental motor (Rodríguez Rebustillo, M. y Bermúdez Sarguera, R., (2005) y,
por otro, el carácter imprescindible de estas máquinas de nueva generación en
la gestión de docentes y discentes hoy día. El condicionamiento de las cadenas
verbales por el aprendizaje ONLINE es consustancial a las máquinas mismas, de
no promover con extraordinario énfasis el uso plenamente consciente de la
mayéutica socrática y, en consecuencia, la formación del pensamiento
científico. Sin embargo, de lo que se trata es de no perder de vista que las máquinas
de enseñar, como lo es el aprendizaje ONLINE, se haya sometido a determinadas
leyes, formuladas por aquel hombre de ciencias.
Dicho
de otro modo, sea Ud. consciente o no de esas leyes, lo cierto es que debe
manejarlas en el aula virtual para que el alumno aprenda. Estamos aludiendo,
por ejemplo, al principio de los pequeños pasos o progresión lenta, al
aprendizaje a ritmo propio o progresión libre, a la retroalimentación
inmediata, a la respuesta activa del estudiante y al registro de la actividad
de aquel. No es propósito detenernos en el examen pormenorizado de cada una de
estas leyes o principios, sino enfocar el rasgo más conspicuo que las
caracteriza, en aras de la comprensión metodológica del aprendizaje ONLINE.
El
aprendizaje a través de las máquinas de enseñar –mediante las plataformas ZOOM
y TEAMS--, se sostiene incuestionablemente en que el aprendizaje de cada alumno
es más eficiente, agradable y permanente, siempre que se consiga a través de
pequeños pasos sucesivos. Asimismo, el estudiante progresa a su propio ritmo,
en conformidad con el tiempo que necesite para la ejecución del programa
académico en cuestión, definiendo así el postulado basal de la progresión
lenta. En tercer orden, la retroalimentación de lo aprendido en clase tiene que
estar sujeta a la inmediatez; de lo contrario, al alumno no le quedará nada
claro dónde se equivocó, de modo que logre redefinir sus posiciones teóricas o
prácticas, en aras del cumplimiento de los objetivos inicialmente propuestos.
Para nadie es secreto de que le alumno aprende más, al emitir una respuesta,
con lo cual se blande el principio de respuesta activa.
Por
último, el registro de la actividad de aprendizaje debe pulsar la revisión de
los programas. En el orden estrictamente metodológico, este principio se erige
en uno de los más cimeros, toda vez que la modificación de la estructura de los
programas académicos responde –o debe responder-- a los grados de dificultad
con que los estudiantes los ejecutan. Según Bermúdez y Rodríguez (2005), la
existencia de conocimientos o instrumentaciones complicados para la mayoría de
los estudiantes debe abocarnos al perfeccionamiento o cambios inapelables de
los programas.
En
efecto, los modos de actuación profesional y con el uso de las máquinas de
enseñar –y de aprender— ONLINE están sobre la mesa. ¿Participa Ud. como docente
en la aplicación inocua de estos principios o, por el contrario, su experiencia
en la gestión directiva del aprendizaje no los deja inadvertidos? En uno u otro
caso, el camino a recorrer está emprendido y las respuestas, en nosotros
mismos.
CONCLUSIONES
§
La
mayoría de las condiciones que los países de América Latina han considerado
para enfrentar la crisis en el contexto educacional están imbricadas con la
interrupción súbita de las clases presenciales, a todos los niveles de
enseñanza.
§
Los
docentes, en su mayoría, no poseen las competencias profesionales necesarias
para emplear las nuevas tecnologías computacionales, en el contexto pedagógico
y poco dominan la elaboración de ambientes de aprendizaje, en entornos
virtuales.
§
La
opción de la educación a distancia es para no pocos un obstáculo insuperable.
Por un lado, los estudiantes no poseen las competencias necesarias o no están
preparados en el uso de los dispositivos digitales; por otro, los programas y
actividades que los sistemas de enseñanza ofrecen, a la mayoría, no son
accesibles para ellos. En tercer lugar, las familias no cuentan con el
presupuesto económico necesario para asumir el costo de los dispositivos
digitales pertinentes.
§
La
enseñanza programada ha de ocupar hoy un lugar cimero, el mismo que se le había
adjudicado a finales del siglo XIX y principios del XX.
§
El
perfeccionamiento del sistema educacional no puede constreñirse a los Planes y
Syllabus de las materias. Deben trascender el aprendizaje del conocimiento, los
hábitos y las habilidades y detenerse con toda intención en las relaciones
interpersonales de los niños y sus maestros y de todo el personal escolar entre
sí, en las condiciones necesarias para que aquellos no sufran más el impacto de
una nueva ola de enfermedades imprevistas y mortales.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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https://en.unesco.org/covid19/educationrespoinse
[1] Docente-investigador.
Facultad de filosofía, letras y ciencias de la educación. Universidad de
Guayaquil.
[2] Docente-investigadora.
Facultad de filosofía, letras y ciencias de la educación. Universidad de
Guayaquil.
[3] Docente-investigadora.
Facultad de ciencias de la educación. Universidad Pedagógica de la Habana.